Terrores nocturnos

Clínica del Socorro. 23 de Enero de 2003.

Aquella noche, la tristeza flotaba por toda la clínica. Habíamos perdido a una chica joven. Un cristal roto le había seccionado una arteria en un accidente de coche. Ya había perdido demasiada sangre cuando intentamos reanimarla y había fallecido sin remedio.

Para colmo, a mi me tocaba guardia.

Con paso lento y la cabeza gacha, me dirigí al tablón de asignaciones. Levanté la mirada para ver con quién me tocaba y como siempre que la veía a ella, el corazón me dio un vuelco. Tenía guardia con Laura.

Llevaba todo un año esperando aquella ocasión. Desde hacía tiempo, sus ojos me decía que ella sentía lo mismo, pero su testaruda profesionalidad seccionaba cualquier tipo de confirmación.

Más tarde, de madrugada, ya solo nosotros dos nos encontrábamos en la sala de urgencias. Tras unos minutos de conversaciones de cortesía, un silencio incómodo se había apoderado del tiempo. Tardaría en volver a tener una oportunidad como aquella. Aquél era el momento.

Intenté reunir todo el valor que creía haber acumulado durante aquel año y el silencio pareció desaparecer con mi pulso desbocado. Conté hasta cinco y... Laura encendió la radio. ¡Maldición! ¿También ella estaba al borde del infarto o simplemente se aburría?

"-...repetimos, un atentado se ha producido en la clínica Socorro.” Aterrados, nos miramos con los ojos incluso más abiertos que la boca. “...en principio, solamente ha afectado a la zona de urgencias del recinto y solo habrían fallecido los doctores de guardia. Los primeros informes hablan de dos muertos..."

Justo en ese instante, entró en la sala, yo diría que flotando, la chica que había muerto horas atrás. Totalmente pálida. Sin el menor rastro de vida. Sin mirarnos, pasó de largo hasta que pareció atravesar las cortinas de la ventana y salir volando hacia el exterior del edificio.

Nadie hubiera dicho que por el cuerpo de Laura, la sangre hubiera corrido jamas. Como yo, estaba paralizada. Su rostro carecía de expresión alguna, pero transmitía toda la intensidad imaginable. ¿Estábamos muertos? Entonces ella, mirándome, pronunció:

-Tú... tú, me gustabas.

-"...tenemos que rectificar uno de los datos. La clínica que habría sido objetivo del atentado es la clínica Santa María..."

Automáticamente, ambos dirigimos nuestra mirada hacia la ventana.

Foto con permiso de los payos

La lengua del alma

- Si en un relato, a un héroe justo y valiente, una tragedia le ocurriese, todos nosotros entenderíamos, que el público sintiera tristeza. ¿Estáis de acuerdo con migo?

Un rumor de asentimiento se extendió entre los sabios de la sala.

- Coincidiremos todos también, en que ante una escultura de personaje de rostro sincero, siendo blanco de gran injusticia, el público sentiría igualmente tristeza.

Nuevamente los sabios asintieron, no sin cierta impaciencia

- Por favor, Heleno. Interpreta para nosotros una de tus obras.

Una hermosa y triste melodía interpretada al arpa, acarició las almas de los sabios allí presentes.

- Por el gesto que se ha dibujado en la mayoría de vuestros rostros, no me cabe duda de que también los tonos del arpa proyectan en nosotros pesar. Y yo os pregunto, compañeros ¿Podría alguien indicar, qué injusticia es la que esta bella composición nos ha relatado?

Sólo la pregunta perdura

-Padre, ¿por qué hemos de dedicar toda nuestra vida a conocernos? Yo ya me comprendo. Sé quién soy.


-¿Ves ese árbol? Cuenta sus hojas y él te dará la respuesta.

-Sí padre. 1, 2, 3,...1564, 1565,...

Una fuerte ráfaga de viento arrancó varias de las hojas de aquel árbol. Algunas de ellas ya habían sido contadas. Otras nunca lo serían. El chico detuvo el conteo y miró a su padre. En su rostro se adivinaba impotencia.

-¿Crees que tiene algún valor lo que llevas contado hasta ahora? ¿Acaso lo tiene la cantidad que aún te falta por contar? ¿Nos encontramos siquiera ante el mismo árbol? La vida es viento, hijo.

Ruido

- Se fue la luz.
- Pero ¿qué fue ese ruido?
(- ¡Mamá!!...¡mamá!!!!)
- Ni idea, voy a por la linterna.
- Vale, yo voy junto a los niños.
...
- Joder... sin pilas. Pero qué oscuro está todo, la virgen. Lidia ¡esta linterna no tiene pilas!
- ¡Cómo que no! Voy junto a papá ¿vale?, no tengáis miedo que vuelvo ahora.
...
- Pero...pero si son pilas nuevas...
- Voy a abrir la ventana... ¡Joder, fuera no se ve nada!
- ¿Tú escuchas esos gritos?
- Si, suenan cerca...voy a llamar a...
- Ya probé antes, no hay línea.
- Debería haber cerillas en el segundo cajón.
- Espera...creo que...las tengo.
(- ¡Mamá!...¡mamá!...)
- Enciende una, venga, que los niños están llorando.
-...Lidia...
- Apura cariño, prueba otra.
- Li....Lidia...
- Qué.
- ...creo que la cerilla está encendida...

La extinción de los cisnes

He encontrado otro túnel a las afueras de la ciudad, cerca de la playa. Éste es algo distinto. En el umbral de su entrada, siempre se reune una jauría de cisnes excitados. De vez en cuando, uno de entre la multitud, se atreve a adentrarse, mientras los demás comienzan a gritar desesperados. Cuando esto ocurre, al otro lado del túnel aparece una persona observando sus propias manos, fascinada. Acto seguido, el sujeto suele dar palmadas, chasquear los dedos, algunos incluso cuentan cosas con las manos pero todos, siempre sonriendo. En general esta danza finaliza con una mirada fortuita al horizonte, tras la que todos se adentran en el mar y nadan con decisión hasta que sus brazos se agotan y se hunden.