Porque somos libres

Estoy terminando el informe de ventas cuando, de pronto, Andreas se levanta propulsando su silla hacia atrás. Cierra los ojos como tratando de escuchar algo a lo lejos y una leve sonrisa comienza a formarse en su boca. “No puede ser” me digo. Instintivamente introduzco la mano en mi mochila en busca de la cámara de fotos.

- Ahora, Lucas – me parece leer en sus labios.

Andreas abre los ojos y enfila lentamente la salida de la oficina con la mirada. Sus movimientos son como automáticos. Deja caer el bloc de notas y el bolígrafo sobre la mesa. Da un paso

- Lucas, ahora - Dice con voz contenida sin ni siquiera mirarme.

Da otro paso más y lanza la silla de su compañero y a éste a un lado. Los trabajadores de las mesas contiguas lo miran estupefactos.

- Lucas, ¡ahora! – El volumen de su voz se ha elevado. Una extraña energía en el tono pone a la gente de la oficina en pie.

Sus pasos se convierten de pronto en frenéticas zancadas y los muebles en su camino le dejan paso asustados. No, miento, es Andreas que los aparta a manotazos.

- ¡Ahora Lucas! ¡Ahora! ¡Ahoraaaa!

Choca contra el encargado de mantenimiento y lo lanza por los aires. Corre como si nunca hubiera hecho otra cosa en la vida.

El encargado aterriza en el suelo y yo salgo de mi letargo. Rápidamente arranco la cámara de la mochila, la cuelgo al cuello y comienzo a perseguir a Andreas.

Siguiendo su trazado, llego a las escaleras que dan a la salida principal del edificio y miro hacia abajo. Andreas ni siquiera sé molesta en utilizar los escalones. Vuela de descansillo en descansillo. “Maldita sea tío, espérame”.

- ¡Lucas ahoraaaaaa!

Llego al exterior, salto sobre mi motocicleta y acelero al máximo. La cámara comienza a volar a mis espaldas buscando el mejor modo de estrangularme. Mientras, Andreas corre cada vez más rápido.

- ¡Ahora Lucas! ¡Ahoraaaaaaaaa!

“Joder voy, mierda” – Las revistas de un quiosco vuelan por los aires cuando las atravieso. Un coche se estrella contra unos contenedores de basura a mi derecha. Los peatones se asustan y corren en todas direcciones. Estoy en la jodida sabana y todos los animales están escapando. Todos menos uno. Soy yo, que persigo al guepardo.

Andreas toma un desvío y se adentra en la playa. Un largo tubo de arena y polvo se forma tras sus pisadas. Calculo a ojo la distancia. “Un poco más, un poco más. ¡Ya!”.

Salgo de la nube, salto de la moto y cojo la cámara. “¡Vamos, vamos!” Saco la tapa del objetivo y busco a Andreas a lo lejos. “¡¿Dónde estás!?”

- ¡Lucas! ¡Ahoraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

Su último grito me ayuda a localizarlo. Andreas da el salto. Yo aprieto el disparador. El tiempo detiene su maquinaria y mil haces de luz al fondo definen su despegue.

Algún tiempo atrás:

“- ... harto tío, estoy harto... Un día de estos vengo hasta aquí y me largo volando… y a la mierda con todo.

- …sí. Pero avísame cuando vayas a hacerlo que te saco una foto… Venga macho, vámonos, que ya es tarde…“

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