Pronto lo sabrá

“La vida pasa volando, dicen… eso es que nunca han estado en este aula de estudio”. Lucas volvió a mirar el reloj que colgaba de la pared. Solo habían pasado diez de los treinta minutos que había estimado. Acto seguido su mirada se dirigió inquisitiva hacia el segundero, como exigiendo una explicación. Un lento tic fue su respuesta. “¡Apúrate, maldito cacharro!”. Tac, insistió el reloj.

Los exámenes cuatrimestrales se acercaban peligrosamente. Asfixiado por el sentimiento de culpa, Lucas se había propuesto recuperar horas de estudio de acuerdo con su ya habitual plan de emergencia. Sin embargo, un pegajoso aburrimiento y sus incipientes ganas de ir al baño amenazaban con sabotear la primera de aquellas horas. “Diez minutos más”, se dijo.

Cinco minutos después, su inquieta curiosidad lo llevaba a inspeccionar las siempre atractivas herramientas de estudio de sus casuales compañeros de mesa. “Un afila lápiz de manivela, clips de varios colores, un bolígrafo de tinta blanca, marcadores traslúcidos, un quita grapas, tipex en cinta, pincel y bolígrafo… En un taller de coches no habría más aparejos inútiles para estudiar” recapacitó.

De entre todos aquellos objetos, una libreta llamó su atención. Más que la libreta, era su contenido lo interesante. En ella, unas cuantas frases estaban escritas en grande, adornadas por dos grandes signos de admiración muy elegantes.

“…Alexander consiguió asomarse por la escotilla que daba a cubierta y cien brochazos de pánico dibujaron la expresión de su rostro…!!”

Imposible, pensó Lucas. ¿Era aquél un fragmento de su blog? Una cálida brisa elevó su orgullo a la estratosfera. A continuación, el martillo de la vergüenza lo devolvió de un golpe a la tierra.

Tenía que estar equivocado. Nadie se habría tomado la molestia de leer aquellos delirios de escritor que últimamente le habían privado de sus horas de sueño.

Estudió de nuevo la línea. "… Alexander...". Cualquiera con un mínimo de buen gusto hubiera elegido un nombre menos rechinante que Alexander, se dijo. Definitivamente, aquel era uno de sus relatos, a su parecer, siempre imperfectos.

Intrigado y algo nervioso, decidió esperar a que el dueño del fragmento robado apareciera mientras escrutaba una por una sus pertenencias. “… una cazadora verde, una mochila de ante con una sola asa, y eso que asoma parece un iPhone. ¿Es ese un ejemplar de El guardián entre el centeno?, me gusta ese libro..."

Así fue haciendo inventario de todos los objetos, hasta que la ya insoportable necesidad de ir al baño le trajo a la memoria el resto de su pequeña narración. En ella, tras ser capturado por la Gestapo, Alexander, un espía de la resistencia francesa, tenía que soportar una interminable sesión de tortura a golpe de látigo. El protagonista trataba así de encubrir el paradero de su camarada y a la vez amada.

- ¡Responde o te arrepentirás, estúpido gabacho! - decía jadeando uno de los nazis sediento de humillación.

Temiendo que las fuerzas acabaran por traicionarle, Alexander aprovechaba un descuido de sus captores y se tragaba su píldora de cianuro reglamentaria.

- ¿Dónde está? ¡Contesta, escoria inmunda! – Demandaba otro de los gendarmes.
- Dame un minuto, encanto… - contestaba el francés con una burlona sonrisa instalada en la cara.

“Maldición, ¡tengo que ir al baño o reviento!” decidió finalmente.

Volviendo del lavabo, algo llamó la despistada atención de Lucas en el pasillo. “Una cazadora verde”. Sin embargo, con las prisas por regresar al puesto de vigilancia, pospuso el análisis de lo que había visto para otro momento.

Cuando al fin hubo regresado a la mesa de estudio, una tormenta de improperios se desató en la cabeza de Lucas. La libreta y todas las demás pertenencias antes catalogadas habían desaparecido. Con ellas además, la pista para identificar a su primer fan reconocido se había esfumado. Mientras tanto, flotando entre ráfagas de ira, el análisis de lo que había llamado su atención en el pasillo comenzaba a ponerse en silencioso funcionamiento.

“… la cazadora verde…”

Cuando la tempestad de maldiciones hubo amainado, Lucas consiguió escuchar los resultados de aquella casi inconsciente investigación.

“...la cazadora verde,... ¡La cazadora verde!, ¡Me acabo de cruzar con la cazadora verde en el pasillo, joder!” Lucas salió del aula de estudio disparado en busca del dueño de la prenda. Sin embargo, ya llegaba tarde. Este había desaparecido sin dejar rastro.



Al día siguiente, Lucas esperaba desparramado en su silla la llegada del profesor de turno. Unas marcadas ojeras certificaban la publicación de su nuevo relato. “Pronto lo sabrás” lo había titulado. No contento con su sonoridad, estaba ahora barajando la posibilidad de cambiarlo. Pero de pronto, todos sus cálculos se vieron interrumpidos. Ella había entrado en el aula.

El chico llevaba secretamente enamorado de aquella compañera de clase desde el comienzo de sus estudios universitarios. Éstos, últimamente se habían convertido en una mera excusa para poder contemplarla.

Desbordada de emociones, su faceta literaria se vio automáticamente conectada, como en un barco lo harían las bombas de achique en contacto con el agua.

“… siempre perfectamente descuidada. Con su angelical sonrisa, encadenando uno tras otro sus torpes movimientos, hasta hacerlos elegantes por fuerza...”

El joven navío minutos antes hundido, ahora casi levitaba.

“… como cada día, me regalará un sencillo saludo, que yo disfrutaré hasta que el sonido del timbre me recuerde la eternidad que lo separa del siguiente…”

Un violento portazo puso fin a su desbocada redacción y el barco cayó pesadamente en el agua. El profesor había entrado en la estancia. Tras un pedante saludo, éste comenzó a explicar las, a su modo de ver, apasionantes diferencias entre el error relativo y el error cuadrático medio. Mientras tanto, Lucas miraba a su musa abstraído y una idea volvía a repetirse en algún lugar de su ahora poseída consciencia.

“La cazadora verde”

A punto de alcanzar el clímax didáctico, el profesor, de naturaleza predadora, detectó su falta de atención y desplegó raudo el látigo.

- Don Lucas, ya que parece no necesitar mis explicaciones, ¿podría usted indicarnos en qué consiste el error cuadrático medio?

Tratando de improvisar algo, Lucas se tropezó por descuido con lo que su subconsciente venía repitiéndole ya hacía un rato.

-La… ¡la cazadora verde! - dijo, señalando involuntariamente el respaldo de la silla de su amada.



Tras leer el último post de su blog preferido, Ana deslizó disimuladamente su iPhone en la mochila mientras una idea en su subconsciente empezó a repetirse una y otra vez.

Como el animal de presa que era, el profesor detectó aquel sigiloso movimiento con el móvil y desplegó su látigo de tortura sediento de humillación.

- A lo mejor la señorita Ana podría explicarnos a todos en qué consiste el método dicotómico. ¿No es así? - dijo entre risas nerviosas mientras el abundante bello de su espalda se erizaba de placer.

Ana, en su desesperada búsqueda de la respuesta, se tropezó con lo que su subconsciente venía repitiéndole desde que había terminado de leer el post. "¡Mi cazadora!". Involuntariamente echó una mano al respaldo de su silla, donde el tacto de la verde prenda confirmó su conjetura.

Justo en el instante en que ella lo comprendió, la voz de Juan, en la mesa de detrás, se alzó al rescate de su amada - ¡Deme un minuto profe, que yo se lo explico! - dijo con una burlona sonrisa instalada en la cara.

Un mar de carcajadas y comentarios inundaba el aula cuando las miradas de Ana y Juan se encontraron.

4 comentarios:

Mr. H3rv45 dijo...

Encantador!

Yo_misma dijo...

quiero leer masss... que pasa con Juan y Ana?? que es el metodo dicotomico???... :D

Yo_misma dijo...

sigo esperando.. no hay mas???

THOR dijo...

...son relatos cortos!! :)

Bueno, en este post se me fue un poco la mano...

A ver si te veo este finde no?